La carretera no termina. Eso es lo primero que piensa cuando lleva tres horas manejando sin destino, con la radio apagada y el medidor de gasolina ignorado adrede.
No es que quiera perderse. Es que perderse implica que alguna vez supo donde estaba.
Hay un letrero verde que dice 247 km a alguna ciudad cuyo nombre no retiene. Lo deja atras. El asfalto brilla con el reflejo de sus propios faroles y por un momento, solo un momento, le parece que maneja sobre agua.
Su telefono vibra en el asiento del copiloto. No lo voltea a ver.
La ultima vez que hablo con ella fue en un estacionamiento. Ella dijo algo sobre el tiempo, sobre como las cosas cambian, sobre como la gente cambia. El asintio porque era mas facil que discutir y porque en el fondo sabia que tenia razon y eso era lo que mas dolia.
Ahora son las 2:47 de la manana y hay niebla en el tramo que sube hacia la montana y el no reduce la velocidad.
No porque sea valiente.
Sino porque ya no le importa llegar.
Aquellos dias, cuando todavia creia que el tiempo arreglaba las cosas, habria frenado. Habria buscado un lugar donde estacionar, habria respondido el mensaje, habria dicho algo honesto por primera vez en meses.
Pero esos dias ya no existen.
El letrero siguiente dice 241 km.
Solo avanzo seis.